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¿Como madres, padres y también como profes en ocasiones no vemos la diferencia entre quienes SON nuestros niños y lo que SIENTEN nuestros niños. Cuando nuestros hijos pasan por un estado de ánimo como por ejemplo nerviosismo porque quizá deben presentar un examen, o tristeza porque lo han suspendido, solemos decirle: “es que seguramente te ha pasado eso porque ERES muy nervioso”, o “es que como ERES un niño tan temeroso por eso NO ERES capaz de pensar bien cuando estás en un examen” o algunas veces también hacemos comentarios como “mi niña/o mayor es más extrovertido pero el segundo es muy tímido”.

El problema con esas afirmaciones que hacemos sobre nuestros hijos es que pueden percibir el sentirse con miedo en un momento específico a definirse como miedosos. Por ejemplo en lugar de decir “me siento nervioso” que es una emoción que todos sentimos, podría empezar a decir “yo soy un miedoso”.

¿Y por qué?, porque para el mundo infantil el adulto es quien le da forma y sentido a su mundo. En su primera infancia no se cuestiona si lo que papá y mamá dicen es cierto o no, aunque en ocasiones parezca que sí lo hacen. Lo cierto es que para el niño lo que dicen sus figuras primarias simplemente es y ojo, tu opinión como profe también influye en el comportamiento del niño/a.

Lo mismo pasa con cualquier tipo de etiquetas que pongamos, por eso es que no hay etiquetas buenas. Si tú le dices a tu hija: «eres una niña muy buena, eres excelente, eres tranquila, no te enfadas nunca». Imagínate la presión y carga que estás poniendo sobre los hombros de esa niña. Creas confusión y estrés en ella cuando experimenta una emoción tan intensa como el enfado por ejemplo, ¡no se lo permite!, se agobia y no aprenderá a gestionarlo porque ella está convencida que es una niña tranquila, calmada y que siempre está feliz. Y eso es injusto y perjudicial para su salud y bienestar emocional, porque esa niña se está perdiendo la maravillosa oportunidad de aprender que las emociones llegan y que ella tiene la capacidad de poder aprender de ellas y «soltarlas» cuando estas ya han dejado el mensaje o habilidad que necesitaba aprender.

Las emociones no son buenas, no son malas, todas tienen su «talento» y como adultos cuando etiquetamos el ser de un niño/a en base a su sentir le negamos la posibilidad de aprender sobre la funcionalidad de sus emociones, los encasillamos y se pierden el talento de la reflexión y aceptación que deja la tristeza, el talento de la búsqueda de justicia y de ser escuchada que impulsa el enfado, se perderá la precaución y el aprender a sopesar las opciones que nos permite el miedo  y no pasaría nada si eso quedara en una anécdota pero lo que de verdad ocurre es que eso que el niño/a dice de sí mismo con 3 años lo seguirá pensando cuando tenga 30 años también.

Me encanta lo que dice Laura Gutman respecto a esto en su libro sobre el discurso materno :

“Lo que encierra a cada niño dentro de un personaje cualquiera, y lo obliga a jugar hasta el final de sus días dicho personaje, es la palabra del adulto. Es el adulto quien le da nombre al niño, le da una identidad”.

Comparto cápsulas de crianza de lunes a viernes en mis stories de Instagram. ¿Te unes?@unamamapsicologa_

Milena González

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