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Esta semana hemos estado hablando de una de las habilidades más poderosas en la vida de cualquier adulto: El autocontrol. ¿Sabías que es esta habilidad la que nos permite permanecer constantes en nuestros objetivos y no solo iniciarlos sino también llevarlos hasta el final? Esto es a lo que yo llamo «de la iniciativa a la acabativa». Quizá una de las razones por las que en un momento determinado iniciamos con todas las ganas un proyecto y a lo largo de los días lo dejamos a mitad de camino, es porque esta habilidad no la tenemos entrenada. El autocontrol es la capacidad de tener dominio sobre uno mismo. 

El cerebro inmaduro de nuestros hijos no tiene aún la madurez que le permita autoregularse por ejemplo en un momento de estrés, enfado o miedo y es por ello que en muchas ocasiones tienen reacciones que desde nuestro punto de vista racional, son respuestas desproporcionadas. No es de extrañar ni la reacción de nuestros hijos ni la nuestra ya que cada uno actúa de acuerdo a la forma en la que está dotado su cerebro.

Cuando nuestros hijos nacen, esa parte pensante, racional, la que nos permite pensar sobre nuestros propios actos y cómo estos afectan a los demás, NO ESTÁ FORMADA. Su corteza prefrontal (encargada de la regulación emocional/autocontrol) es muy inmadura y los estudios demuestran que no es sino hasta los 25 años aproximadamente que suele formarse completamente. Sin embargo, su cerebro más reactivo (talleo cerebral) así como el cerebro emocional (sistema límbico) si que se encuentran formados y por tanto son ellos los que «llevan la voz cantante» en la mayor parte de sus decisiones y por ende de su comportamiento. ¿Ves a dónde quiero llegar?, efectivamente querido adulto, somos nosotros los entrenadores de vida que nuestros hijos necesitan. Ellos no tienen la capacidad de poder autoregularse y somos nosotros los encargados y responsables de ayudarles a «enfriar» esas emociones que normalmente los desbordan. 

No es nuestro discurso el que los va a convencer o ayudar en un momento de furia, es nuestra paz, nuestro ejemplo, nuestra compasión y sobretodo nuestra conexión con ellos lo que va a lograr el objetivo más inmediato: rebajar la intensidad de una conducta específica (rabieta, pataleta, enfado por no poder comerse un helado a las 9 de la noche o frustración porque se siente agobiado por el exceso de deberes) pero aún más importante nuestro objetivo a largo plazo, ayudarle a «construir» su cerebro de forma armónica e integrada a través de acciones efectivas que apunten al aprendizaje de toma de decisiones, solución de conflictos, conocimiento de sí mismos, autoregulación, etc. Este último objetivo solo se puede lograr en la medida que acompañamos, consolamos, comprendemos y en últma instancia CONECTAMOS con nuestros hijos e hijas porque el aprendizaje solo es posible cuando nuestros cerebros más primitvos se hayan bajo el sosiego de nuestra corteza prefrontal.

Una de las razones por las que más se debordan nuestros hijos es porque «no cumplen» las expectativas que nosotros tenemos como madres/padres. Y estas expectativas (lavarse los dientes, hacer los 50 mil deberes en tiempo record, comer a tiempo, llegar al cole sin prisas, etc) normalmente se encuentran unidas al factor tiempo, otro concepto bastante difuso para nuestros hijos de acuerdo con el momento evolutivo en el que se encuentren. 

Niños/as de 0 a 2 años: En estas edades el concepto de tiempo es inexistente. No entienden lo que son 5 minutos ni 10 segundos. Sus días giran en torno a la claridad y oscuridad, es decir el sol y la luna son su «brújula interna» y por tanto sus expectativas en este sentido se suplen si tiene cubiertas sus necesidades fisiológicas sobretodo el hambre y el sueño.

Niños/as entre los 3 y 4 años: Durante esta etapa sigue sin haber una consciencia del tiempo tal como lo entendemos los adultos. Aproximadamente en estas edades tienen interiorizado el concepto de orden y sencuencia de hechos. Por lo que sus tiempos giran en funcion de las rutinas del día a día: «me despierto, me cepillo los dientes, me baño, me visto, desayuno, voy al cole, vuelvo de cole…). Siguen sin entender los 10 minutos que papá le da para que se termine toda la comida o los cinco minutos que su madre le dice que tienen para llegar al cole porque ya van tarde.

Niños/as entre los 5 a 6 años: En estas edades ya empieza a surgir aunque muy tenuemente el concepto de noción del tiempo. De ahí, que un día les escuchemos hablando perfectamente de los adverbios de tiempos antes, después, ayer, mañana y de repente digan algo como: «mañana fui a visitar a mis abuelos» 

Niños de 7 años en adelante: A partir de estas edades aproximadamente ya los niños tienen interiorizado correctamente el concepto de noción del tiempo. Por lo que pueden construir y entender frases como: «Mañana por la mañana iremos primero al pediatra antes de irnos al cole», «Hace justo un mes que fuimos a casa de los tíos», «Hace un año compramos este nuevo árbol de navidad».

Estoy convencida que conocer es comprender. Cuando sabemos que la mayor parte del tiempo nuestros hijos no cooperan no porque no quieren sino porque no pueden (su arquitectura cerebral está limitada a su edad) entonces podemos tener mayor compasión, compresión y empatía ante una situación que les haga sentir que no serán capaces de salir de ella. 

¿Te das cuenta querido adulto que es nuestra responsabilidad enseñarle a nuestros hijos a que aprendan a nuestro lado que serán capaces de superar también esos pequeños desafío de la vida?

Recuerda estamos educando para el momento y para la vida.

Milena González. Una mamá psicóloga.

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